Las lluvias de febrero no fueron la única causa. Un informe técnico advierte que el desastre provocado por el desborde de la torrentera de Chullo en Arequipa expone una cadena de errores humanos acumulados durante años: puentes mal diseñados, viviendas construidas sobre el cauce, toneladas de basura y escombros arrojados al canal natural. El resultado fue devastador: más de 1200 viviendas inundadas por lodo y piedras tras las precipitaciones del 19 y 22 de febrero.
El estudio (001-2026) elaborado por el MSc y geofísico Víctor Aguilar Puruhuaya, docente de la Facultad de Geología, Geofísica y Minas de la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa (UNSA) y evaluador de riesgo de desastres originados por fenómenos naturales, sostiene que el fenómeno era previsible. La torrentera nace entre los volcanes Chachani y Misti, cuyas laderas contienen ceniza y pómez altamente inestables. Cuando las lluvias intensas caen sobre esos materiales sueltos, se desencadenan flujos de lodo capaces de arrastrar todo a su paso.
Sin embargo, lo que convirtió un proceso natural recurrente en una catástrofe urbana fue la intervención humana. El informe identifica que, a lo largo de cuatro kilómetros del cauce —desde el puente Arquillo hasta la avenida Metropolitana—, el canal natural ha sido reducido drásticamente por obras improvisadas y construcciones informales. En algunos puntos, el ancho del cauce se estrecha hasta apenas 3,5 metros, cuando originalmente superaba los 12. Esa reducción funciona como un embudo: el agua se represa, gana fuerza y finalmente se desborda hacia calles y viviendas.
Los daños se concentraron en urbanizaciones de Cerro Colorado, Cayma y Yanahuara, donde el flujo arrastró piedras, barro y residuos hasta sectores como Flora Tristán. Durante una inspección realizada el 2 de marzo, Aguilar encontró muros de contención deteriorados, desagües domésticos vertidos directamente al cauce y puentes cuya altura resulta insuficiente para soportar crecidas intensas. En varios puntos, las marcas del agua revelan que el flujo alcanzó hasta seis metros de altura.
El diagnóstico es contundente: varios puentes —entre ellos La Canoa, Concordia (que fue demolido y será reemplazado por un puente Bailey) y Chullo— se convirtieron en obstáculos peligrosos que bloquean el paso del caudal y multiplican el riesgo de desbordes. Otros, como el puente Arquillo, fueron superados por el nivel del agua durante las lluvias. A ello se suma la colmatación de sedimentos en la zona de la avenida Metropolitana, donde más de cien metros del canal quedaron cubiertos por barro y escombros, facilitando que el agua invadiera calles y viviendas.
Las recomendaciones del informe son tan urgentes como incómodas: demoler infraestructuras deficientes, retirar viviendas levantadas en la franja marginal de la torrentera y rediseñar completamente el sistema de puentes y muros de contención. De lo contrario, advierte el documento, la historia se repetirá. Porque las lluvias volverán —como siempre han vuelto—, pero la verdadera pregunta es si la ciudad, pobladores y autoridades seguirán ignorando el cauce de la naturaleza hasta que la próxima tormenta vuelva a recordarlo.